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22May
2018
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Sandra y Martín, experiencias que ayudan a visibilizar el autismo

Sandra nos cuenta su experiencia con Martín, dando visibilidad al autismo

Hola, mi nombre es Sandra, hace unos meses decidí que era necesario compartir una historia de superación y de esfuerzo de la que he sido testigo y que merece la pena tener en cuenta para acabar con los estereotipos y abrir los ojos de aquellos que aún no entienden y no valoran a las personas que ven el mundo de una manera diferente.
Para poder contar esta historia me voy a presentar, desde pequeña tenía claro que quería ser maestra de infantil, pero jamás imaginé lo que de verdad conlleva esta profesión, hoy en día soy maestra de infantil en un colegio de Valencia desde hace ya 7 años.
En mi segundo año como ‘seño’, con tan solo 23 años, con muy poca experiencia, muchas lecciones que aprender y muchas imperfecciones que mejorar; pese a mis ganas e ilusión, me dispuse a emprender un nuevo curso y compartirlo con 25 nuevos peques y sus familias.

Llegó el uno de septiembre, y después de unos días de preparar la clase era el día de la reunión de papis, conocí a las familias y a algunos de los peques que acompañaron a sus papis. Fue la primera vez que le vi; que le conocí. 
Martín acompañó a sus padres y durante esos primeros cinco minutos no me hizo ningún caso, no me dejó tocarle, ni dirigirme a él, anduvo por toda la salita, mirando de aquí para allá, tocándolo todo e inspeccionando cada detalle.
Llegué a casa y desde la ignorancia y el desconocimiento le dije a mi madre “tengo un nene que no me ha hecho ni caso, no sé lo que me costará, pero conseguiré que haga caso y se porte súper bien”.
Al día siguiente empezó el curso, poco a poco fueron entrando los nenes a clase despidiéndose de sus familias y entre los primeros lloros empezamos la rutina de clase.
Durante los primeros días, no sabía cómo actuar, Martín se mostraba reacio a participar en las rutinas, muy común en niños de tres años que se están adaptando a clase, pero sin saber por qué no sabía cómo tranquilizarlo, salir al patio a un espacio tan abierto le hacía estar intranquilo, los cambios de maestra y de espacios le hacían ponerse muy nervioso, pero ni siquiera conmigo estaba tranquilo, necesitaba inspeccionar la clase y estar él en su espacio.

Es cierto que a día de hoy todos los esfuerzos han merecido la pena y no cambio por nada del mundo ese año vivido, ya que me ha convertido en quien soy ahora, cada minuto dedicado a intentar entenderle, a intentar hacer su día más sencillo, más comprensible y fácil… antes de saber como era él en realidad.
Sin embargo echando la vista atrás no olvido el estrés que supuso para mí y mis compañeras intentar encajar a Martín en el entorno educativo de todos los demás cuando aún no sabíamos de su diagnóstico y la diferencia en su estilo de aprendizaje. Una vez conocimos la forma de trabajar con él, resultó más fácil resolver todas las dificultades y superar todas las barreras que nos surgían.

Quizás sea una de las cuestiones más importantes a resolver a día de hoy, pues un buen diagnóstico, un diagnóstico temprano y actuar en coordinación con familia y especialistas reduciría las inquietudes que le surgen a muchos maestros al enfrentarse a niños sin diagnóstico todavía, con los que no se sabe qué hacer, por dónde guiar el proceso de aprendizaje.

Después de esta pequeña reflexión, volviendo a Martín, no tardé en darme cuenta que ese año iba a ser diferente a los demás, que Martín era especial; pero lo que no sabía en realidad era que ese año y el siguiente que compartimos juntos; no sólo él iba a crecer y aprender; sino que iba a ser yo la que iba a crecer y mejorar como maestra y como persona.

Poco a poco los días pasaron, y Martín comenzó a entender las rutinas de clase así que todo se le hacía más llevadero. Sin embargo, dentro de las rutinas había días especiales, Halloween, día de la paz, festival de navidad, excursiones… días donde todo cambiaba, donde no se seguían las reglas, días de ruidos, disfraces y cambios de última hora… pequeñas circunstancias que le hacían no disfrutar.

Llegó un día que junto con sus padres y el equipo psicopedagógico del centro decidimos que lo mejor era acudir a Mira’m para que nos pudieran guiar, para que nos pudieran enseñar cómo ayudar a Martín, cómo poder entenderle y cómo encaminar nuestro día a día. Pues cuando se trabaja con niños es necesario saber, que todos son diferentes, que, sin conocerlos, sin entenderlos es imposible poder disfrutar de cada momento. Sin ellos, sin sus magníficos profesionales, sus ilimitadas horas dedicadas a nosotros y su ayuda, Martín al igual que muchos niños no habrían llegado hasta donde están ahora.

Junto a ellos todos hemos aprendido día a día y hemos conseguimos grandes logros juntos, Martín, Amparo, Miguel, y aunque en menor medida yo también. Tengo en mi cabeza cada uno de los momentos vividos con él, nuestro primer festival de navidad con números y caramelos en cada bolsillo para tranquilizarlo en los momentos de nerviosismo, momentos dedicados en clase a disfrazarle a fin de que se acostumbrara para los festivales, nuestro primer Halloween, pero también nuestro segundo, en el que gracias a las anticipaciones todos juntos disfrutamos, nuestro primer festival de verano y nuestro viaje a conocer el escenario donde bailaríamos delante de tantas personas, nuestras excursiones y su primera noche en la granja fuera de casa, nuestros momentos dedicados a acercarnos las tijeras, esas tremendas enemigas que caracterizan a los peluqueros…

Como he dicho antes, esos años fueron claves para mí, cada situación vivida, y cada curso de formación, me hicieron conocer mejor a Martín; pero no solo a él, también a cada uno de los alumnos que llegaron desde ese año a mi aula, y gracias a eso, pude percibir sus características, sus necesidades; pude llegar mejor a cada uno de ellos; y llegar a ser la maestra que soy hoy.

Durante esos dos años y todos los siguientes que hemos compartido juntos, Martín y sus padres han sido un ejemplo de vida para mí, un ejemplo de superación, un ejemplo de que, con ganas, esfuerzo, tesón y mucho trabajo todo es posible: Martín ha protagonizado concursos de declamación en inglés, audiciones de piano, festivales y actos con mucha aglomeración; cursos escolares superados con creces, niños que sin saber cómo, han llegado a quererlo, a apreciarlo considerándolo un verdadero amigo.

Y hace ya más de medio año Martín protagonizó una situación de superación que nadie jamás podría haber imaginado, una en la que yo he tenido la suerte de ser co-protagonista; Martín, después de muchos ensayos y mucha preparación junto a sus padres, nos dedicó unas palabras para finalizar nuestra boda, un discurso que hizo que más de 200 invitados a la boda se emocionaran.

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Fue el mejor regalo de boda que jamás podría imaginar, este gesto ha sido sin duda el último reflejo de todas las situaciones que me han hecho comprender que he sido capaz de llegar a lo más profundo del corazón de Martín, un pequeño realmente brillante que, con su mirada, con sus acercamientos, con cada uno de sus besos y abrazos me ha hecho el regalo más grande del mundo entero, su amor.

Y para quien diga que los niños con rasgos autistas no tienen sentimientos, no son capaces de entender el mundo o de querer a los demás, aquí les dejo este gran regalo, para que sean conscientes que simplemente ven el mundo de una manera diferente; quizás lo vean del revés, pero nadie dice que del derecho sea la mejor manera de verlo.

 

Buenos días a todos, hola Sandra y Abel.

Mira Sandra,¿sabes qué?, cuando yo sea mayor y un día vea las fotos de cuando yo iba al colegio y empiece a recordar y mis papás me digan, ¿mira Martín cuando ibas a infantil con 3 años y cuatro años, te acuerdas de tu seño?

¿Qué crees que contestaré Sandra? Ya sabes que tengo mucha memoria; ¡¡les diré pues claro que me acuerdo!!, como voy a olvidar si….

Me consolaba cuando lloraba y me abrazaba, me explicaba cuando no entendía, me guió cuando estaba desorientado y me enseñó a sonreír, a divertirme, a disfrazarme. Me hizo sentir uno más. Y además se ganó nuestra confianza y se hizo de querer.

Abel cuídala mucho como ella me cuido a mí, dale la mano y no la dejes caer. Abrázala cuando llore y ríete con ella, la vida es una fiesta de sonrisas y lágrimas y son esos pequeños y grandes momentos los que no se olviden. Sandra come muchos rabos de pasa y no me olvides por que ya sabes que yo nunca te olvidaré.

Te quiero guapa.

 

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