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18Feb
2019
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En primera persona TEA

En primera persona: Diana nos cuenta su experiencia

Experiencias en primera persona de Diana, una mujer diagnosticada TEA recientemente

Diana, nos cuenta sus impresiones y sensaciones sobre la vida, su día a día que vive de una forma distinta a lo que la sociedad parece imponerle y nos hace una reflexión muy interesante sobre por qué no ponemos el foco no en lo que nos diferencia si no en lo que nos une.

Todavía creo en mirar a los ojos. Así reza una servilleta puesta en una cafetería cualquiera. Mi primer pensamiento es: qué manía con mirar a los ojos. Inmediatamente, la voz en mi cabeza que representa a la sociedad, me contesta: no es manía, Diana, es que tú eres una maleducada. Porque sí, yo soy de esas personas que no mira a la gente a los ojos. ¿Para qué? Nadie me ha sabido responder. “Por educación” dicen.

A mí me enseñaron a prestar atención a las personas cuando me hablan y eso no puedo hacerlo si las miro a los ojos. Porque prestar atención significa muchas cosas. Significa fijarte en el olor que tienen, si se han puesto la chaqueta bien o mal, si tienen ojeras o la piel radiante, si su voz es alegre o triste y muchas cosas más… Esa información, tan necesaria para entender el contexto de las situaciones, no te la dan los ojos.

¿Nunca has oído eso de que la multitarea no es buena? El cerebro puede atender varios frentes, pero no se concentrará en ninguno. En mi caso va más allá: me cuesta atender a más de un sentido a la vez. Mi atención se colapsa.
Si te miro cuando me hablas, no te escucho. Prefiero mirar el té que tengo delante, el suelo, la pared o el florero. Aquello que sea irrelevante y me permita prestar la atención que requieres. Y si tan importante es que te mire, bueno, puedo hacerlo… puedo obligarme a hacerlo, pero no me pidas que me entere de todo. O pídemelo. También puedo hacerlo. Pero perdóname si no te hablo en una semana, porque necesito recuperarme del esfuerzo.

Nuestro desarrollo neurológico es diferente y con ello, viene una forma diferente de percibir y entender el mundo; que no es mejor o peor, solo diferente.

Esto ha sido siempre así. He aprendido a que no se note. Pero soy así. Soy diferente. Estoy rota, mal hecha. Yo funciono a otro ritmo y la vida me ha dejado muy claro que no lo admite. Así que he aprendido. A base de golpes, pero eso no importa, porque eso a la sociedad sí que le gusta… aprender a golpes, del tipo que sean. Aunque dicen que no es cierto. Pero los actos y los hechos dicen más que las palabras.
A mí me gusta observar sin ser vista. Observar a las personas que me rodean, observar en el cine, en la literatura, en el teatro, en todo lo que me muestre las interacciones humanas. Porque así aprendo lo que se espera de mí y pongo mi esfuerzo en conseguirlo; porque no quiero más golpes. Me bastaron los de mi vida escolar. No quiero más golpes por vivir diferente. Podemos aprender de modelos sociales e incluso imitarlos porque es lo establecido, pero nunca entenderemos porque es tan necesario para ser aceptados.

Una de las cosas que he visto en la sociedad es que hay grados dentro de lo que se considera diferente. Unos se aceptan y otros no. Por ejemplo, si a ti te gusta el color verde y a mí me gusta el morado, bueno, tenemos gustos diferentes y no pasa nada. Pero si eres mujer y te gusta el rosa, eres cursi. Si eres chico, seguro que eres gay. Y estas dos cosas ya no están tan bien. Si sabes atarte las zapatillas serás alguien, pero si no puedes serás un inútil. Yo me pregunto: ¿no existen zapatillas con velcro? Yo las tuve de pequeña. Blancas y rosas, monísimas. Por cierto, ¿tú entiendes la relación entre el color rosa y ser gay? Yo no. Otra de esas cosas por las que me he llevado algún palo. “No juzgues a un pez por su capacidad para trepar a un árbol”.

Entonces, ¿por qué me han caído palos en la vida por no saber esta clase de cosas? Pues sencillamente porque tengo TEA y no lo supe hasta mis 28 años.

Descubrí y entendí en ese momento que yo no estaba mal hecha, ni rota. Y también que había tenido suerte. Mucha. Yo había aprendido a sobrevivir en una sociedad que no quiere lo diferente; no nos entiende. Ni a mí, ni a otros que viven como yo. La gente neurotípica (los que no tienen TEA) tiene una especie de intuición mágica para desenvolverse entre las personas. Os admiro por ello, pero no os envidio.

Sin embargo, sí que me enfado. Después de conocer mi diagnostico (y antes también) oí barbaridades: como que las vacunas causan autismo o que se cura con veneno de abeja… o con orina en el oído. Quienes me leáis, no sé si os daréis cuenta de lo absurdo que suena eso. ¿De verdad el veneno de abeja me va ayudar? ¿A qué exactamente? Porque a mí ya me han picado alguna que otra vez y sigo sin mirar a los ojos a las personas. Y desde luego que la orina en el oído no va a conseguir que yo adquiera el hábito de, por ejemplo, poner la lavadora cuando toca.
Entonces, ¿por qué esa manía de curar lo diferente y que todos estemos al gusto de otra persona? ¿Por qué podemos aceptar que nos gusten colores diferentes y no podemos aceptar que tengamos necesidades diferentes?
Me enfado porque parece que hay un pacto silencioso para ignorar lo diferente y que no moleste. Pienso que es fruto de la ignorancia y que vamos a conseguir cambiarlo; para que en el futuro no haya niños viviendo un infierno en el colegio, en casa y en todas partes, solo porque no entienden que es diferente.
Y yo no me he llevado la peor parte, porque yo parezco normal.
Sin embargo, he visto mucho odio hacia el TEA. He visto padres y profesionales odiando a quienes como yo, alzan la voz para concienciar, les he visto decir que si podemos hablar es porque nos hemos inventado que tenemos TEA o que si somos mayores de edad no podemos tenerlo porque eso afecta a los niños. ¿Acaso los niños diagnosticados con TEA no crecen? ¿Se cura a los 18 años y desaparece? La verdad es que no, el TEA es algo que nos acompaña de por vida y se manifestará de forma diferente en cada etapa del desarrollo.

Existimos y tenemos muchas habilidades que pueden ser útiles si nos ayudan (y nos permiten) desarrollarlas. A mí me molesta la lluvia y el frío a un nivel que pocos entienden, pero se me da genial escuchar a las personas y ayudarlas. Al parecer, también se me da bien divulgar y aprovecho para agradecer a la Fundación Mira’m este pequeño altavoz para expresar que las personas con TEA existimos y que estamos aquí dispuestos a unir fuerzas para cambiar la situación. Que podemos hablaros de nuestras experiencias y aconsejar para ponerles solución.

Igual es hora de ignorar un poco las diferencias y centrarnos en lo que tenemos en común. Porque a mí, como a ti, me gustan unos colores y otros no, me sienta mal un comentario malintencionado y me duelen los golpes (físicos y emocionales).
Quizá no entiendas porqué somos tan diferentes, pero yo no entiendo por qué se ignora aquello en lo que somos iguales. Prueba a no mirarme tanto a los ojos, a lo mejor empiezas a ver las cosas un poco más como yo.